FOTOAFORISMOS

lunes, 7 de febrero de 2011

El hombre austero

foto Lori de Almeida
El hombre austero es distinto de los demás y quizás muchos de los que llamamos “grandes hombres” nos sirvan más como ejemplo de austeridad que propiamente de espiritualidad (Ghandi, por hacer referencia a alguien) y es en ella que buscamos las conductas ejemplares que nos dan ánimo y esperanza de cambios en la realidad de nuestro entorno. Es fácil de entenderlo si lo vemos desde la individualidad.
La austeridad denota rasgos de auto control, y esto casi siempre es envidiable porque del punto de vista del individuo el austero se representa como el último entre todos que corre el riesgo de desorientarse, como el ariete de la resistencia cuando el mundo nos bombardea con su multiplicidad de posibilidades. Muchos miden en este mundo de contingencias los límites de su exuberancia de sus expresividades (y muchos dejan allí la suerte de su vida), pero el austero si se desmesura es en el rigor de sus conductas y en lo de llevar su vida a la raja tabla, sacando de ahí la energía necesaria para los quehaceres que le exige el mundo.
Jamas llegarán a entender los austeros el derroche en su sentido estético es verdad, o la dejadez, la decadencia, la opulencia, la exacerbación y la grandilocuencia porque para él hasta las palabras no deben contener más que su propio contenido fáctico. Su único lujo es la paz de conciencia, de una conciencia que le vacíe el espíritu y que le llene la corporeidad de virtudes, para él de nada sirve un espíritu virtuoso si es el cuerpo el que nos remite a la espiritualidad.
Yo que he visto a Zaratustra me convencí de que el espíritu nuestro de cada día viene cargado de culpa ancestral y el cuerpo se ocupará de su paga, y lo hará indefinidamente – como Sísifo o como Prometeo - condenado a vaciar sus energías cada vez que el sol nazca en la labor de su expiación.
Posiblemente a los austeros les legaron estos rumores anti espiritualistas y han aprehendido a reservar sus energías, han sabido entender que cada vez que las malgastamos en la búsqueda de la espiritualidad etérea perdemos poco a poco la conexión con la fortaleza de los factos: la naturaleza, y es igual donde la pongamos, nos ha enseñado que la energía se produce para consumirla, y se la consume para producirla. A esta cadena nos ató la modernidad a través de sus conceptos de productividad y necesidad, la corporeidad que vivimos y es posible que esto sea unos de sus originales contribuciones a la individualidad. Nadie puede dar sentido a su existencia sin producir o sin consumir energía y él que la consuma que la produzca. Gastar y necesitar hacen de la producción no un principio pero un puente que une uno al otro estos dos términos en una binomia. Les hacen funcionar en reciprocidad y sincronicidad. Las actividades y practicas corporales intencionadas (deportes y trabajo por ejemplo) no exigen digresiones de expertos para dejar evidente la fluidez que estos términos encuentran entre sí.
Los austeros se enfrentan a esta binomia, la cuestiona, porque erigen su vitalidad a partir del absentismo que hacen de ella; no consumen y ni gastan, no producen para no derrochar y para no tener que replantear los límites de la existencia fáctica. Una vitalidad que no busca alzar los límites buscará pues otra lucha cotidiana como manera de darse sentido: la de resistir a sus pérdidas. De ahí viene el carácter conservador que el austero imprime en las primeras impresiones que deja, tanto en su vida privada cuanto en su vida pública. No goza de poder, porque no reparte y no expande su personalidad y sus expresividades, como mucho goza de ejemplaridad.

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